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En ciertos momentos de la vida nos damos cuenta de que hay personas que no solo forman parte de nuestra infancia; son personas que, día a día, terminan moldeando tu existencia.
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Las cosas que heredamos sin darnos cuenta.

En ciertos momentos de la vida nos damos cuenta de que hay personas que no solo forman parte de nuestra infancia; son personas que, día a día, terminan moldeando tu existencia. A veces sin darte cuenta, a veces sin decir demasiado; solo estando ahí… de formas que uno entiende muchos años después.

Crecí rodeado de mujeres que nunca se parecieron entre sí, pero que amaban de maneras extrañamente similares: a través de lo que lograban crear o transformar con sus manos.

Mi madre, por ejemplo, nunca fue una mujer particularmente expresiva; no era de abrazos eternos ni de largos discursos emocionales. Pero había algo en ella que siempre lograba hacerme sentir querido sin necesidad de decirlo demasiado: la cocina.

Cada temporada tenía un aroma distinto dentro de la casa; canela, mantequilla y jengibre cuando el año empezaba a sentirse frío; avellanas y chocolate derritiéndose lentamente en la estufa cerca de mi cumpleaños; el olor de una lasaña de vegetales o de un esponjoso Quiché Lorraine para cualquier viernes por la tarde; pan o galletas de nuez recién horneadas algunos domingos; calabaza y nuez cuando el otoño comenzaba a aparecer en los tonos sepia del cielo.

Y estaba también esa extraña sensación de que, mientras ella cocinaba, todo parecía mantenerse en orden… aunque afuera no siempre lo estuviera.

Hasta el día de hoy, la cocina sigue llenándose de ese aroma a avellanas y chocolate porque todavía prepara mi pastel de cumpleaños. Y creo que hay algo profundamente extraño —y hermoso— en eso; como si ciertas tradiciones fueran una forma silenciosa de decir:

“Sigues siendo alguien a quien quiero cuidar.”

Mi abuela era distinta.

Más expresiva; silenciosa cuando quería serlo y absolutamente letal con ciertas personas, pero profundamente amorosa con quienes realmente amaba. Era una mujer elegante; de esas mujeres que parecían entender la belleza incluso en las cosas más pequeñas.

Vivía en provincia, lejos del ruido constante de la ciudad y del bullicio de la gente acumulándose en cada esquina. Recuerdo que pasar temporadas con ella se sentía como entrar a otro ritmo de vida; uno donde las tardes duraban más, donde el tiempo no parecía correr con tanta prisa y donde las cosas todavía podían hacerse despacio.

Creo que mi amor por la ropa empezó ahí; no necesariamente por la moda… sino por verla transformar tela, hilo y botones en algo que parecía tener intención propia entre sus manos.

Había algo hipnótico en verla coser; en la paciencia con la que bordaba, en cómo podía crear algo delicado a partir de cosas simples. Y sí… supongo que, sin darme cuenta, aprendí a enamorarme del detalle.

Lo mismo pasaba con sus jardines; nunca fueron exagerados ni buscaban impresionar a nadie, pero cada planta parecía estar exactamente donde debía, llenando de vida y color el espacio que habitaba.

Para mí, ver su jardín era como confirmar que mi abuela entendía algo sobre el equilibrio que el resto todavía no terminábamos de descubrir.

Ahora que lo pienso… tal vez por eso sigo comprando plantas aunque no siempre sepa cuidarlas del todo. Necesito tenerlas cerca por razones que ahora mi interior finalmente entiende y que, supongo, espera conservar por el resto de mi vida. Porque hay personas que uno intenta seguir manteniendo cerca de formas pequeñas.

Con el tiempo entendí que muchas de las cosas que hoy me definen no aparecieron de la nada; las heredé.

Mi necesidad de estética; mi obsesión con ciertos detalles; la forma en que convierto espacios en refugios; incluso esta tendencia de encontrar belleza en actos cotidianos que otros podrían pasar por alto.

Y aunque durante muchos años pensé que los sentimientos tenían que demostrarse de formas enormes y ruidosas, ellas me enseñaron algo distinto: que a veces el cariño vive en cosas mínimas.

En una receta que nunca cambia; en un dobladillo bien hecho; en regar las plantas temprano por la mañana; o en recordar exactamente cómo te gusta un pastel cada cumpleaños.

Supongo que crecer también es eso: entender que hay personas que siguen viviendo dentro de ti… incluso cuando el tiempo ya cambió todo lo demás.

Porque hay recuerdos que uno acomoda con los años; y otros… que se quedan suspendidos en una fecha exacta, como si el cuerpo se negara a soltarlos por completo.

Aunque eso… tal vez sea mejor hablarlo a las 10:28.

Porque con el paso de los años entendí que hay cosas que no heredamos por sangre. Las terminamos heredando por amor.