11:02
Cuando entendí que era él
¿Y si el amor nunca se vio como nos dijeron... y nosotros fuimos los últimos en enterarnos?
Crecimos pensando que la idea del amor tenia una forma... pero más bien resulto ser una estructura casi exacta: inicio, desarrollo y final. Como si de alguna manera nuestras historias tuvieran que parecerse a algo que ya habíamos visto antes.
Aprendimos a reconocerlo en televisión, en los gestos de sus personajes, en los finales felices que siempre llegaban a tiempo. Y sin darnos cuenta, empezamos a medir lo nuestro con esa misma regla.
Pero para algunos de nosotros, esa historia nunca estuvo del todo disponible, la razón pertenecer a la comunidad LGBT. Crecimos viendo romances que no nos incluían. Donde el amor siempre tenía un molde claro... y nosotros apenas aparecíamos en los bordes.
A veces como alivio cómico para los protagonistas; otras, como una versión reducida de algo que nunca terminaba de desarrollarse, o peor aún siendo el estereotipo al que se le podría molestar para enaltecer su ego o masculinidad.
Así que sin referencias claras, aprendimos a hacer algo distinto: inventar nuestros propios métodos, ajustar nuestro ritmo y encontrar sentido en lo que no se parecía a nada que nos hubieran enseñado, simplemente a vivir el romance a nuestra propia forma.
Después de entender esto hoy te puedo decir que, a veces el romance puede parecer más una conversación absurda en un restaurante lleno, una escena inventada de la nada, una risa compartida en un coche detenido en una calle cualquiera. Vamos puede ser como en mi caso, que empezó por un simple tweet una noche de diciembre... y se manifestó cuatro mese después. Realmente te puedo decir que, a veces, no es lo que imaginabas en tu línea de vida. Y justo por eso... funciona.
Aún después de tantos años, hoy en día muchas veces me pregunto en qué momento una rutina que se rompe se convierte en una historia de más de una década... y contando. Porque para mí, abril de 2013 parecía un mes más, sin trascendencia. Vamos, si habían cambiado algunas cosas en los últimos meses, y sobre todo en las últimas semanas, desde que había tenido mi primera cita con quien comparto esta historía:
Mi vida se centraba en dos rutinas la matinal en casa al sur y, por las tardes, desplazarme del sur de la Ciudad de México a la colonia Roma para tomar mis clases. Mis días se repetían con una precisión casi cómoda. Hasta que la pantalla de mi móvil mostró su nombre y un mensaje.
-¿Puedo pasar por ti a tu casa y acompañarte a la universidad?
Esbocé una sonrisa y acepté sin pensarlo, como si mi cuerpo ya supiera algo yo todavía no entendía.
Tiempo después, ya estaba esperándome fuera de mi casa, bajo la sombra de una enorme jacaranda en flor. De esas que tiñen el suelo de morado, como si la ciudad intentara verse más romántica -o cursi- de lo que realmente es.
Al llegar a la Roma, me tomo del brazo antes de bajar del auto y, sin preámbulos, dijo:
-A la salida de tus clases, paso por ti. Vamos a cenar.
No era una pregunta. Y, curiosamente... tampoco necesitaba serlo.
El tiempo pasó y salí de la universidad cerca de las 9:30 pm. Él ya estaba ahí. Recargado en su auto, con esa calma que solo tienen los que saben perfectamente lo que están haciendo... o al menos lo aparentaba muy bien, porque me confesó tiempo después que moría de nervios.
Mis amigos rieron, inspeccionando e hicieron comentarios, preguntando si de verdad los dejaría por irme con él.
-Lo siento, tengo planes.
Respondí mientras caminaba y subía al auto. La verdad es que no sabía exactamente a dónde iríamos... pero quería averiguarlo.
Al llegar, el lugar parecía sacado de otra época. Un diner detenido en los años sesenta: hamburguesas, papas fritas, aros de cebolla, malteadas y helados de vainilla con cerezas demasiado perfectas, sin duda era una cápsula del tiempo que te desconectaba de la cotidianidad de la ciudad.
Hasta ese momento llevábamos un par de semanas saliendo y más tiempo conociéndonos online. Pero esa noche... decidimos jugar.
No sé en qué momento empezamos a improvisar una escena: una pequeña telenovela privada, actuada para nosotros, pero frente a desconocidos. Él totalmente indignado, mirando el celular:
-Es impresionante... es verdad lo que dicen. Lo que el chofer anda rumorando: que entre ustedes dos existe algo. Que no es la primera... ni la única vez.
Yo, desconcertado:
-¿De qué hablas? ¿Quién te dijo eso?
-Hay testigos- respondió, cubriendo su boca para evitar mostrar ls sonrisa.
Y entonces entré en el juego al ver su mirada juguetona.
-Bueno... sí. Lamento que te enteres así pero a veces me siento solo y olvidado. Vamos, tú siempre estas ocupado y ya no me prestas la misma atención que antes.
Aunque creíamos que nuestra telenovela era privada, las mesas de al lado guardaron silencio. Observaban. Creían. ¡Lo vivían!. Y por un momento... nosotros también.
Yo salí primero, fingiendo drama, mientras pedia el auto al valet. Él se quedó pagando la cuenta y salió tras de mi, herido... o eso parecía ante la mirada de los espectadores. Al subir al auto... la risa. De esas que no se pueden controlar. De esas que confirman algo sin tener que decirlo.
Sin más él condujo. Unas calles más adelante, en Mazatlán para ser exactos, se orilló y detuvo el auto. hubo un silencio breve y, entonces dijo:
-Sabía que eras tú. Hoy lo confirmé son ese momento improvisado. Valió la pena esperar un par de meses por esa primera cita... y si hoy dices que no, voy a seguir intentando hasta que lo veas también.
Ahí sin escenografía, sin testigos, sin actuación... me pidió ser su novio. Dentro de un auto, en una calle cualquiera, simple, orgánico y sobre todo sin pretensiones. El reloj del tablero marcaba las 11:02 pm. Y por primera vez en toda la noche... dejamos de actuar, en una noche de abril aún tibia. Acepté.
Puedo decir que nunca pensé que algo tan simple: un mensaje, un auto, una cena, una broma demasiado bien actuada, pudiera sostener el tiempo. Pero así es, aquí estamos 13 años después, no perfectos, no de película, más bien... reales.
No sé si esto sea para siempre. La vida es tan cambiante a cada paso que das, y por ende nosotros también. Pero hay algo muy honesto en elegir quedarse, no por inercia, no por compromiso... sino porque este viaje sigue teniendo sentido. Porque sigue siendo nuestro.
Hoy en día celebro trece años con un hombre que me ha cambiado. no de golpe... sino poco a poco, un día a la vez. Y no, no es ese cambio donde dejas de ser tú mismo, sino el cambio que te orilla a ser una mejor versión de ti. Porque con él he hecho cosas que no planeé, y otras que ni siquiera sabía que necesitaba. Y sí... para muchos, lo nuestro no encajaría del todo, pero la verdad nunca se trató de eso. Se trata de que funcione para nosotros
Así que sí... el amor puede aparecer en un bar, en la calle, en una app -la que sea- o en el momento menos esperado. Solo hay algo que he aprendido: no todo se trata de dejarse llevar... pero tampoco de cerrarse.
Se trata de de leer, ver y entender lo que tienes al frente, de cuidar de ti en todo momento y en todas las formas posibles, de reconocer lo que suma... y lo que no. Y cuando algo se siente bien, de verdad bien debes aprovechar el momento, porque recuerda que aquello que realmente vale la pena no tiene que parecerse a nada más.
Porque el romance no ha desaparecido, solo dejó de parecerse a lo que nos dijeron que debía ser y, más aún solo dejó de pedir permiso para existir.